Tengo 5 años. Y me veo. Me veo con mi unicornio de peluche en
mi jardincito infantil y sentada en una enorme ronda entre niños: niños que no
me miran con lástima, sino que se acercan y me preguntan cómo nombré a mi
peludo animal. Les digo que es mujer y que se llama Bety.
Entonces me invitan a jugar con ellos mientras alagan a mi
“super-duper-peinado-recogido” diciendo que es el mejor que han visto. En aquel
momento recuerdo a mi mamá, que se levanta cada mañana sin falta, para
prepararme el desayuno, vestirme y peinarme. Lo hace cada día con el mismo
amor, sin dudar en ningún momento que me quiere. Es increíble el brillo que
causa mi compañía en su alma. Se asemeja
a una gran cometa en el cielo nocturno. Una cometa que ansía convertirse
en un deseo cumplido. La veo como una estrella. Ojalá pueda guiarme durante
toda mi vida… así sabría que si alguna vez me pierdo en la incontrolable marea
de mi vida, siempre estará reluciendo en el cielo para que la siga hasta mi
rescate.
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