Estaba tranquila porque sabía que él me esperaba. En menos de un minuto me encontraría a su lado, mirando hacia nuestro futuro juntos.
Mis zapatos de taco alto se hundían con suavidad sobre la alfombra roja cual dedos de niño en un dulce algodón de azúcar.
Mi corazón latía...dulce, esperanzado. Y el vestido blanco que me cubría se deslizaba delicadamente al compás de mis pasos.
Que ansiedad...ser su esposa.
Convertirme después de tantos momentos inolvidables, en el amor de su vida.
¿Seríamos felices?
Por supuesto que sí. No tenia dudas, como cuando acepté su propuesta.
Mientras recorría aquel corto camino, pero a la vez tan ansiado y eterno, recordé cada momento en el que deseamos que esto sucediera: como cuando de la nada misma el deseo salía disparado de nuestros labios y en voz alta: "Quiero casarme con vos", y la emoción nos invadía a ambos.
¡Que increíble! ¿Cuánto se hizo esperar este día...? Entonces un recuerdo pequeño y fugaz invadió mi mente...
aquella vez que durante nuestros primeros años de noviazgo, utilizamos un contador de días y nos pareció una eternidad tener que esperar 1967 días para nuestra fecha de boda: 29 de noviembre de 2019.
Esa era la respuesta: mil novecientos sesenta y siete días.
Casi llegando al altar, lo vi. Allí estaba por fin, cual escena de película... me miraba con sus brillantes ojos verdes y nobles, aquellos que tantas veces me prometieron una vida de infinita felicidad.
Y me sonreía, de la misma manera que lo hacía cuando se daba cuenta de lo enamorado que estaba de mí.
Seguramente estaba ansioso, ya que la paciencia no era su mayor virtud, pero lo disfrutaba. Disfrutaba demasiado el momento. El momento en el que nos prometíamos estar juntos por siempre.
Entonces llegué. Nos miramos con un destello de felicidad en los ojos. Nos tomamos de las manos y nos juramos amor eterno, una vez más en la vida.
